| Fosilizando la excitación |
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Me he levantado con ese característico dolor corporal que reconozco nada más abrir los ojos. Es un dolor tremendo, sensacional, un temblor de piernas que todavía permanece en mis músculos, cada vez en menor intensidad, pero sigue ahí, recordándome las innumerables poses y movimientos encima de aquel colchón.
También sigue en mi bajo vientre el calambre, fruto del placer recibido. Ese dolor sordo que a veces tarda días en desaparecer. Quiero dejar de pensar en lo sucedido porque debo concentrarme, tengo muchísimo trabajo pendiente, y no puedo permitirme tener la mente entre las sábanas de este pasado fin de semana. Pero, joder, no sé si lo conseguiré. Me asaltan intensos flashbacks que me paralizan entera, excitándome de inmediato, y estoy lejos, muy lejos de vosotros tres. De esas seis manos que me magreaban mientras yo trataba de reconocer, con los ojos cerrados, a quién pertenecían. ¿Sabéis lo que es sentirse manoseada por todas partes y no saber quiénes son los dueños de esas manos? Yo sí lo sé: es el paraíso. Una sensación distinta a todo lo demás.
No quiero recordar ahora tus ojos brillantes mirándome fijamente, al mismo tiempo que manoseabas sus tetas pegado detrás de su cuerpo, ni del instante en el que me tumbasteis boca arriba y él lamía mis pezones y ella y tú compartíais mi coño. Cuando yo empecé a comerme su firme verga y ella jugaba con tu glande, al mismo tiempo que, nuestros traseros, ligeramente erguidos, se rozaban. La imagen de dos vigorosos cuerpos masculinos follándonos a cuatro patas, la una enfrente de la otra, mordiéndonos la boca y tratando de sujetarnos con una sola mano para, con la otra, poder alcanzarnos los pechos. El momento en que me agaché para saborear tus huevos mientras la penetrabas, y él por detrás me lubricaba… El arte de compartir, la bendición de intercambiar al más puro antojo, los espacios, divinamente improvisados, las suaves cadencias de gemidos ahogados y respiraciones altamente electrizantes. La complicidad en estos encuentros es lo que más me excita, la complicidad y las mentes de cada uno, que van más allá de los aspectos puramente físicos. Es por eso que ahora estoy así; porque recuerdo. El recuerdo perenne de estos juegos sexuales me excita más que el juego en sí mismo: olores, tactos, sabores, imágenes, huellas… cada uno de ellos forman esa pieza que, en formato de cliché, ya se ha fosilizado en mi cerebro. Sigo excitada, y a medida que voy narrando esto, incrementa cuantiosamente mi estado, así que, al menos por hoy, lo voy a dejar. Sólo me queda recomendaros la práctica de sexo en grupo, la excitación eterna posterior no es comparable a nada: rotundamente a nada. Fuente: http://deseda.wordpress.com/2010/10/25/fosilizando-la%C2%A0excitacion/ autor (abril) del blog (sueños de seda).
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